domingo, 17 de abril de 2011

Madrid-Barza: "Cuando se vive el mito"



¿Qué era lo que me removía las tripas ayer? Quería averiguarlo. A medida que pasan los años, hay algunos detalles que se aceptan, como que el día de tu cumpleaños es un día donde pasan cosas normales, o mejor dicho, conocidas. Y es que la memoria es un depósito tan vasto, que a los 36 años, muchas imágenes y experiencias ya se encuentran registradas ahí. Seamos honestos: uno rememora o vuelve a vivir, pero las grandes sorpresas van escaseando. Sin embargo, el pasado viernes, unos amigos tuvieron un detalle tremendo: regalarme de cumpleaños una entrada para el Madrid-Barza. Cuando la vi en mis manos, algo se mezcló dentro de las tripas. ¿Qué era eso que me rasgaba por dentro? ¿Sólo la emoción de la sorpresa? No era consciente de ello hasta que llegué al estadio ayer a las ocho y cuarenta y cinco de la noche. El punto de encuentro fue en una calle detrás de la parte lateral del Santiago Bernabeu, ese coliseo moderno donde en lugar de gladiadores romanos matándose en la arena, tenemos hoy a veintidós hombres que parecen bailar detrás de una pelota. Llegué a la calle, y en medio de un enjambre de bufandas y camisetas blancas, cervezas de medio litro y pacharanes, se gritaba como un himno de guerra: “Hasta el final, vamos Real”. Pocas veces en mi vida he podido sentir el olor de la adrenalina. Esa fue una de ellas. Me hecho aficionado del Real Madrid por su fútbol y por ser la ciudad que me ha acogido. No obstante, debo reconocer que antes del partido me sentí ajeno; más aún en este momento de la vida, cada vez más alejado de fanatismos de cualquier tipo y viviendo un agnosticismo que me permite ver la realidad con mayor lucidez. De cualquier manera, estaba empeñado en comprender que estaba pasando dentro de mí, ¿por qué mi corazón se aceleraba de esa manera? Y fue subiendo las gradas, cuando apareció en mi mente una imagen que me remontó al 16 de abril del año 1985, el día que cumplí diez años y mi padre me llevó al estadio “Alejandro Villanueva” a la despedida del “Nene” Cubillas, un grande que hizo soñar a generaciones peruanas anteriores a la mía. Esa despedida de Cubillas la recuerdo, también, como la despedida del fútbol peruano del fútbol mundial, ya que el próximo año se cumplen 30 años de ausencia en los mundiales (España 82 fue la última copa del mundo a la que asistimos). Como amante del fútbol, en 1985 comenzó un duelo que arrastraría por muchos años. Algo murió dentro de mí, ya no creía en la selección y esto abrió paso a mi escepticismo en todos los terrenos. Pero cuando pisé las gradas del Bernabeu, rememoré ese instante mágico, el momento en que mi viejo, ese hombre de pelo blanco y corazón bohemio, se apuraba subiendo las gradas porque ya se escuchaban las alineaciones. Y yo escuchaba ayer: Casillas, Alonso, Ronaldo y Benzema; y a la vez me rebotaban las imágenes de 1985: Cubillas, Cazzely, Julio Cesar y Cueto. Pero lo mejor de todo; la última grada, esa que pisas suavemente porque es la que te conecta con ese tapete verde iluminado. La noche parecía de día en el Bernabeu, y el público sentado, y yo con la piel de gallina, sintiendo el mito. Y por los altavoces, el himno del Madrid por Plácido Domingo. Y el público cantaba, y yo recordando a mi padre que miraba como yo no podía cerrar la boca del impacto. Y el público agitando las banderas blancas y levantando cartulinas de colores para formar el escudo del Real Madrid. Cerré los ojos e imaginé a mi viejo ahí conmigo. Esta vez yo lo miraba y le sonreía. Después del día de ayer no puedo negar que dentro de la naturaleza humana palpita el mito, eso que se siente y da sentido, lo invisible que existe, imposible de comprender en tanto que no pertenece al universo del logos. ¿Y el resultado del partido? Un empate que se jugó a lo macho. Pero yo no me quedo con ello, me quedo con el mito que seguirá vivo.


Fotografía: Arturo Tolmos

martes, 18 de enero de 2011

Atenas, Grecia: “A la luz de la Acrópolis”

Ignorante. Así me llamó alguna vez un profesor de universidad, hace unos años. Recuerdo esto cuando estoy de camino a la Acrópolis de Atenas, el extraordinario complejo arquitectónico que se levantó en la era de Pericles, hace veintiséis siglos. Ignorante, me dijo, y recuerdo como la sangre se agolpó en mis orejas y contesté poniendo emociones en las palabras. Ahora, por estos días, mi respuesta sería muy diferente: “Sí. Soy un ignorante”, diría. Porque desconozco mucho. No obstante, intento, día a día, comprender un poquito más.

Ahora, seamos sinceros, aceptar la ignorancia no es fácil, pero debemos reconocer que es una actitud sensata y humilde. Tan humilde como la frase que iluminó a Sócrates: “Yo solo sé que nada sé”. Y es que, cada vez que rememoró esas seis poderosísimas palabras, me siento insignificante ante la carga de sabiduría que contienen. Sin duda alguna, más sabe el que dice que no sabe nada que el que no sabe que no sabe nada. Y en este último rubro están varios políticos y religiosos, obtusos que dicen tener la verdad absoluta, y que han generado un daño enorme a la humanidad.
Sócrates nunca se creyó dueño de la verdad, por el contrario, era consciente tanto de la ignorancia que le rodeaba como de la suya propia: “La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia”, decía él. Por ello, iniciaba su famoso diálogo abriendo interrogantes, las cuales desembocaban, irónicamente, en la destrucción de lo que el interlocutor conocía. El oyente conseguía descubrir, por sí solo, que lo que daba como verdad se debía a sus prejuicios, creencias y tradiciones arrastradas de generaciones pasadas.

De modo que, luego de una buena caminata, llego a la Acrópolis –en griego: ciudad alta- y subo por la cuesta hasta llegar a la cima. Cuando recorro los primeros rincones blancos, veo un hilo de gente pasando debajo de un arco. Voy tras ellos, y de pronto, se abre frente a mí el imponente Partenón (el templo de la diosa Atenea). Presa de la admiración, lo miro y lo rodeo. Por unos segundos, pienso en los miles de kilómetros que he recorrido para llegar hasta aquí. ¡Está frente a mí! Los rayos del sol reverberan en la superficie marmórea de sus columnas y se estrellan en mis ojos. Luego, camino unos pasos de derecha a izquierda y me encuentro con el templo de Erecteión y sus fabulosas Cariátides: cinco figuras femeninas que se visten de columnas (las originales están en el Museo de la Acrópolis).

Desde la cima de la Acrópolis la vista es maravillosa. Abajo, en medio de la vegetación, reposa el agora ateniense. Comienzo a descender y después de media hora llego a él. Me detengo un rato, camino entre restos de capiteles y columnas y encuentro la stoa por donde ¡el gran Sócrates! solía disertar. Me siento sobre una piedra e imagino en como aquél padre de la filosofía impartía su dialéctica, intentando extraer lo mejor de las mentes de los jóvenes atenienses.

La filosofía surgió en la Grecia clásica como un camino para darle una explicación racional a los grandes interrogantes humanos – como la existencia, la moral, el amor, la belleza o el lenguaje-, dejando a un lado el mythos, el esoterismo, la superstición, y todo aquello, cuya subjetividad ponía oscuridad y niebla en donde la filosofía intentaba poner luz y claridad. Y es que el logos no clausura puertas sino que las abre para generar diálogos fecundos.
Digo esto, porque en el mundo de hoy existen personas con infinitas “verdades” encarnadas en posturas políticas o religiosas; y lo importante no es que se disuelvan o dejen de creer en ello -dado que la pluralidad de pensamientos es la base de un estado moderno-, pero, sí, que sean conscientes de que Su Verdad no es la única, sino una de tantas. Todos sabemos como a lo largo de nuestra historia, el radicalismo ha causado terror cuando ha intentado imponer su verdad como La Verdad. Por eso, tengamos los ojos bien abiertos, porque cuando esto ocurre, hay un riesgo muy grande de que cualquier extremismo político o religioso desemboque en totalitarismo o fundamentalismo respectivamente.
Byron Katie escribió una frase maravillosa en su célebre libro Amar lo que es: “¿Qué prefieres, tener la razón o ser libre?”. Dejemos que la filosofía siga viviendo entre nosotros: nos hace libres.

Los escondites del Cronista Errante

¿Dónde comer?…
Las Tavernas de Plaka

En el barrio de Plaka, entre sus calles estrechas, sinuosas, y además, como si fuera poco, a las faldas de la colina de la Acrópolis, encontraran muchas tavernas típicas de comida griega. Algunas tienen muy buenas opciones de menú (12-14 euros) que llevan incluida la copa de vino. La ensalada griega es una excelente opción de entrada, y para el plato de fondo, está muy bien el cordero al limón o el moussaka, un contundente pastel de carne griego.

¿Dónde dormir?….

Athens International Youth Hostel
Victor Hugo, 16; doble o triple – 10 euros p/ persona

Este albergue, totalmente reformado, está situado en pleno centro. Es una buena opción no sólo por la ubicación y el precio, sino por los servicios alternos que ofrece: wi-fi y desayuno gratis (es decir incluida en la tarifa) y venta de tickets de todo tipo (ferries, tours, etc). Telemaco (el mismo nombre del hijo de Ulises en La Odisea), el recepcionista, es un gran servidor que hará lo que esté a su alcance para que usted tenga una buena estadía.
Publicado en la Sección Viajes de www.eldebate21.com
Fotografía: Templo de Zeus, Carlos Modonese

viernes, 3 de diciembre de 2010

Creta, Grecia – parte 2: “Las playas del Sur “

Llevaba más de dos horas sentado en el bus con el aire acondicionado al máximo nivel; el sol golpeaba mi rostro y el camino, de sólo una vía, parecía una serpiente negra que cruzaba las montañas áridas de la isla. El bus me zarandeaba hacia a la izquierda y a la derecha. Sentí nauseas. Dejé de leer y posé el libro sobre mis muslos; luego tomé una pastilla para el mareo y cerré los ojos unos minutos. “¡Descubre el sur de Creta!, ¡El sur, amigo!”, me había dicho Jimmy, mi amigo, el músico callejero que conocí en Iraklio. Con esas palabras en la cabeza me quedé profundamente dormido.

Después de un largo trayecto, aunque mantenía los ojos cerrados, me sentía mucho mejor. La pastilla había surtido efecto, además, la carretera ya no era tan escarpada como al inicio. Cuando abrí los ojos, vi como el escaso verde de las montañas contrastaba con la hierba amarilla, quemada por el intenso verano. Luego, levanté la vista y volví a ver a otro, “¿Un burro más?”, me pregunté, arrugando el entrecejo.

Quiero dejar claro que no es que tenga algo en contra de esos nobles cuadrúpedos, sino que en todo el camino no había visto una sola vaca, ¡y menos un toro! Increíble. ¿Acaso no estaba en la tierra del legendario Minotauro? Sí, aquél engendro mitad hombre y mitad bovino que parió Pasifae, la reina de la desaparecida civilización minoica. Según los frescos, la cerámica, y toda expresión de arte cretense, hace cuatro mil años el toro era un animal sagrado. Se le rendía culto y lo sacrificaban en honor a los dioses. Esto me llevó a pensar que, tal vez, sus ritos eran tan intensos y se daban con tanta frecuencia que no dejaron vivo a ninguno, ¡ni siquiera a un semental para prolongar la especie!
Una hora después, llegamos a Mátala: un pueblito incrustado, caprichosamente, entre unas imponentes montañas rocosas que protegían su bahía.

No se me hizo difícil ubicarme, sólo había dos calles bajo la sombra de frondosos árboles. Cuando llegué, el dueño del lugar estaba con su pequeño hijo en la puerta de la entrada. Ambos estaban sentados en sillas de paja y conversaban con la tranquilidad que sólo puede otorgar la brisa marina, aquella que apacigua el alma de los hombres.

El propietario del albergue no se levantó de la silla. Se le veía bastante cómodo. Me dio la llave, dijo algo en griego e hizo un ademán con la mano. Yo mismo descubrí el camino a la habitación. Era blanca, puerta y ventanas azules, vistas a las montañas, una cama y una cocina en donde podía prepararme una buena comida. Dejé el equipaje y caminé hacia el supermercado a comprar los víveres. Fue ahí donde descubrí que atrás había quedado la presencia de los toros en Creta. ¡La carne de vacuno era importada y cara! No había duda: los sacrificios debieron acabar con todos los cuadrúpedos, “Se salvó el burrito de ser un animal sagrado”, pensé. Compré aceite de oliva, albahaca, pasta, cebolla, calamares, y por supuesto, una caja de vino; ah, y mucho yogurt griego y un par de pomos de miel de abeja, “la mejor del mundo en consistencia y sabor”, aseguraban los locales. El culto hacia la comida saludable, simple pero exquisita, es un ritual entre los griegos.

Después de una buena pasta, pregunté al dueño del albergue por una playa tranquila. “Red Beach”, me respondió. “¿No es la playa del pueblo?”, repliqué; “No. Está al otro lado de la montaña. Sigue las señales y llegarás”. Le di las gracias y me fui.
Seguí las señales, tal como me había dicho; y de pronto, tuve frente a mí a esa imponente cadena montañosa: un animal informe que parecía querer tragarme. Sabía que me esperaba una buena trepada, pero no tenía prisa, cargaba agua y había comido bien. Después de media hora de escalada, me volví al mar y pude ver que atrás quedaba la apacible bahía de Mátala. Aún no veía nada de Red Beach, así que imaginé que no estaba ni en la mitad del trayecto. Eso era sólo el comienzo.

Después de un escarpado tramo, había llegado a la cima de la montaña. Levanté la mirada, y vi, a lo lejos, una cerca de rejas. La entrada parecía imposible, sin embargo, decidí averiguarlo yo mismo. El sol ya azotaba mi cuello. Bebí un poco de agua, y luego, caminé hacia el enrejado. ¡Bingo! Había una puerta con un pequeño cartel que decía: “Welcome Red Beach”. El sistema era peculiar: empujabas la puerta que era sujetada por una polea; ésta jalaba una piedra y cuando pasabas se cerraba violentamente. Había que tener mucho cuidado de que no te amputara la mano.

Una vez que crucé la puerta, todo era cuesta. Bajé unos cuantos metros, pero muy despacio, las rocas tenían arenilla y la superficie era muy resbalosa. Salvo alguna planta indómita, nada parecía crecer allí. De pronto, se estrelló frente a mí una vista maravillosa: Red Beach. Nunca en mi vida había unas costas que además de hermosas, infundieran respeto. Ese ejército de cumbres rocosas, inmóvil durante siglos, parecía guardar el secreto de esas aguas diáfanas. Un secreto reservado sólo para mí, porque la playa estaba completamente sola.

Seguí bajando, mudo, casi sin respirar, como si estuviera viviendo una liturgia de la naturaleza. El mar, la arena rojiza, las montañas, y yo, un sujeto que se sentía empequeñecido frente a lo que tenía enfrente de él. De un momento a otro, ya me encontraba a unos metros del mar. Sin embargo, un cartel indicaba algo muy, pero muy claro: playa nudista. “¡Caramba!”, dije para mis adentros. En ese momento pensé que lo mejor hubiese sido quedarme en la playa del pueblo, pero claro me había dado la del explorador cruza-montañas y después de un largo trayecto llegué hasta aquí. “Y ahora, ¡qué diablos hago!”.

Primero me senté sobre la arena, sin quitarme la mochila. La playa no estaba sola, por supuesto. No eran muchos pero había gente. Medité unos minutos. Decidí bañarme con el traje de baño que llevaba puesto. Y mientras ponía la toalla sobre la arena, observaba como la gente paseaba sus pudores de la manera más armoniosa. Miré a un lado, al otro, al cielo, a la montaña, ya no había a qué mirar. “¿Y qué?”, pensé, “una playa nudista no va a detenerme, es lo más puro del mundo”. Así que, el Cronista Errante empezó, lentamente, a despojarse todo lo que llevaba encima: primero la camiseta, luego las bermudas; y una vez sólo piel, ¡al mar!
En el agua me relajé un poco. Tenía medio cuerpo afuera. La parte sumergida sentía el contacto raso, directo con el flujo marino. En ese momento fui un animal más en ese universo puro y limpio, por lo menos ahí.
Me pareció que todo fluía de un modo natural, sin miradas, sin juicios; y es que uno, de esa manera, más desprotegido ya no puede estar. Nadé a mi gusto. Me hacía el que no miraba, pero miraba, obviamente, como todos, claro. De pronto, mi mente comenzó a volar, me imaginé dentro de un gimnasio griego, en el período de Pericles, dos mil quinientos años atrás, todos los atletas desnudos, algunos probando el peso del disco, otros lanzando la jabalina. Y es que la palabra gimnasio procede del griego gymnasium, que quiere decir: “lugar donde ir desnudado". No sé por qué me sentía tan cómodo.
¿Será que el secreto que guardan esas aguas, aquellas montañas estériles es la energía griega de siglos, ese culto al cuerpo como obra y gracia de los dioses del Olimpo?”. Una admiración al cuerpo tal cual es, ausente de culpas. Pues no tengo la respuesta, lo cierto es que volví todos los días que me restaban a esa playa, a ese bendito Edén mortal llamado: Red Beach.

Los escondites del Cronista Errante

¿Dónde comer?…

Hakuna Matata
Playa Mátala

Ubicado en uno de los cabos de la playa, posado sobre el mar y con una vista inmejorable de la bahía. Ideal para tomar un trago, esperando la puesta del sol. Los viernes, la noche se enciende con el sonido de rock clásico de la banda Four of a kind. Los gyros y los pescados a la parrilla son lo mejor de la casa. El litro de vino de la casa está a sólo 6 euros.

¿Dónde dormir?….

Pensión Antonio´s
Tel: 28920 45123 ; s/d/tr €20/25/25; d & tr con cocina €30

Este cálido albergue no solo se ubica a escasos metros de la playa, sino que muchas de sus habitaciones cuentan con cocina y balcón o terraza. Disfrute de la excepcional vista a las montañas. Antonio es una persona muy familiar, no habla español, pero su amabilidad sin límites comprende lo que usted le deseé preguntar.


Publicado en la sección Viajes de http://www.eldebate21.com/

Fotografía: Red Beach, Creta - Carlos Modonese

jueves, 4 de noviembre de 2010

Creta, Grecia - parte 1: "En busca de las raíces"

Hace más de una hora que abandonamos Atenas; bebo un café granizado en la terraza del barco y de sorbo en sorbo me maravillo ante este sol, que anuncia su caída abatiendo una estela de plata en el mar Egeo. Ahora, comienzan a rodar las interrogantes dentro de esta cabecita loca que no me deja tranquilo: ¿Por qué elegí Creta, y no Santorini, Mykonos o Delos?, ¿será porque posee playas inexploradas o por su música hipnótica?, ¿qué atracción mágica ejerce en mi esta isla?
Pierdo la mirada en esa línea que separa el bloque azul del mar y el celeste del cielo, en el horizonte diáfano que tranquiliza mi corazón y le susurra que aún restan siete horas para llegar a Iraklio, el puerto cretense.

Creta fue la cuna de la civilización minoica, según varios historiadores, la más antigua de Europa. Pensando en esto voy atando cabos, y tal vez, haya sido la antigüedad de esta cultura, los cinco milenios que nos separan de ella lo que me trae hasta acá. Ahora, estoy recordando el mito del enamoramiento de Zeus y la ninfa Europa, el dios de dioses se transformó en un toro blanco para llamar su atención, la ninfa montó sobre él y se lanzaron al mar, llegaron hasta Creta y bajo la sombra frondosa de unos plátanos la pareja se unió; mi cabeza se atesta de imágenes de Knossos, el gran palacio de Minos, el rey cretense, en donde su mujer, Pasifae, engendró al famoso Minotauro.
Sí, es cierto, recuerdo que fue su pasado mitológico, y particularmente, el culto inmemorial al toro de esta civilización minoica lo que llamó mi atención. Sin embargo, sé que otras fueron las razones que me trajeron hasta acá. Ahora, le ordeno una tregua a mi mente y vuelvo la mirada al mar; me relajo a pesar de no tener aún la razón más contundente acerca de mi visita a Creta, pero no tengo apuro, presiento que la encontraré durante mi visita a esta mágica isla.

Once y media de la noche. Habíamos llegado al puerto de Iraklio. Caminé cerca de media hora hasta llegar a Dédalo, la vía comercial más importante de la ciudad; observé a un músico callejero afinando su guitarra y me detuve a preguntarle por mi albergue. El sujeto, alto y de aspecto circense, se quitó el sombrero e inclinó su cuerpo levemente, “Bienvenido”, me dijo en un correcto español; luego prosiguió, “kalispera, mi nombre es Jimmy” (Además de significar buenas noches, kalispera tiene una connotación de desear lo mejor al prójimo). “Kalispera, el mío es Carlos”; “encantado, ¿de turismo, Carlos?”, me preguntó mientras liaba un cigarrillo; “sí, algo así”. Luego de una pausa, le interpelé: “¿De dónde eres?”; “larga historia, amigo; verás, nací en Estados Unidos, viví muchos años en México y Argentina, y ahora, estoy en Grecia, ¿qué te parece?”; ”¿y por qué Creta?”, le pregunte; “vine a buscar mis raíces; mi abuelo, que en paz descanse, nació y vivió aquí toda su vida. Nunca lo conocí, pero por lo menos estoy recorriendo sus pasos”.
Después de unos cuantos minutos de charla, Jimmy me acompañó hasta mi hostal; “por aquí estaré si necesitas algo”, me dijo al despedirse. Al día siguiente, subí a la terraza del albergue a tomar un café antes de salir. Vi que a lo lejos se asomaba el azul del mar y medité sobre lo que dijo Jimmy: “Vengo a buscar mis raíces”. Sabía que detrás de esas palabras se escondía mi propósito de viaje. En fin. Liquidé el café, y ahora, a caminar rumbo a la estación, el próximo bus a Knossos salía en media hora.

Sólo veinticinco minutos duró el trayecto en bus hasta el palacio de Knossos -el cual fue descubierto y reconstruido por Sir Arthur Evans a inicios del siglo XX- ; apenas llegué, pagué la entrada y me puse a explorar, minuciosamente, cada rincón de la mítica residencia, sus columnas circulares, la plasticidad de sus frescos (copias de los originales que se exhiben en el museo arqueológico de Iraklio), ¡los laberínticos pasillos!, en donde, supuestamente, se mantenía al Minotauro en cautiverio

Cuenta la leyenda, que el rey Minos le pide a Poseidón un toro para sacrificarlo en su nombre; el dios del mar, agradecido por el gesto, hace brotar de las aguas un toro corpulento y brioso; Minos, encantado con el animal, decide sacrificar a otro en su lugar. Poseidón se enfurece con el engaño y envía una maldición a su esposa, provocándole un voraz apetito erótico hacia el toro. Pasifae no se resiste a la virilidad que le inspira el bovino y se aparea con él, dando a luz al Minotauro, un ser monstruoso de cuerpo de hombre y cabeza de toro. El rey Minos encierra a la bestia, sin embargo, para contener su furia debía cebarlo, periódicamente, con siete doncellas y siete mancebos. El alimento era enviado por el pueblo ateniense, sometido por Creta. Teseo, el legendario héroe de Atenas, se ofreció a ir como parte del alimento, pero con el objetivo de aniquilar al Minotauro. Finalmente logró su cometido.

Según esta leyenda, el toro es, como salta a la vista, un animal divino: símbolo del dios Poseidón. Dentro del palacio los cuernos del animal eran un elemento decorativo; y de hecho, eran las sacerdotisas las encargadas de sacrificarlo en honor a los dioses. Es muy probable, pues, que la civilización cretense heredara el culto al toro de civilizaciones más antiguas, acaso de Egipto -país con el que sostenía un activo intercambio comercial-, cuya divinidad, Apis, también de cuerpo de hombre y cabeza de toro era símbolo de la fertilidad.

De regreso a la ciudad, bajé en la estación del puerto y caminé unos minutos hasta llegar al museo arqueológico de Iraklio. Me quedé impactado con la omnipresencia del toro en el arte de la civilización minoica; en los frescos, la cerámica y escultura ¡el toro estaba ahí, siempre! Por un momento, sentí cierta claustrofobia al estar cercado por miles de estos cornudos mamíferos; sin embargo, logré salir ileso del museo.

El reloj marcaba las seis de la tarde, aún quedaban algunas horas de luz, y decidí caminar hasta mi último destino: la basílica de Agios Titos. Cuando entré, percibí cierta solemnidad en el ambiente, se respiraba paz ahí dentro, la luz era tenue, las velas parecían tallos en un jardín de candelabros y los ornamentos me quitaron el aliento. A mi lado, una mujer se persignaba muchas, muchísimas veces frente a una imagen de la virgen; y yo, pensaba en el crisol de ritos católico-musulmán-ortodoxos que se han fundido aquí, a través de los siglos, una secuencia de cultos unidos en esta misma edificación desde su construcción en el 962 d.C., durante el período bizantino. Y es que esa misma basílica, luego, había sido convertida a mezquita por los turcos y recuperada por el cristianismo ortodoxo en 1923.

Como la vida, el tiempo también fluye, como un río que arrastra realidades, llevándose unos cultos religiosos y trayendo otros. No es raro imaginar que cuatro milenios atrás, ahí mismo, sí, justo debajo de los cimientos de esa basílica, ¡se derramó sangre de toro!, derramamiento de sangre mortal de una divinidad para la purificación de la humanidad, muy parecido, al sacrificio del Jesús cristiano, cordero de Dios que derramó su sangre para quitar el pecado del mundo. La forma cambia, pero el fondo es el mismo.
De modo que, el toro, ese bovino ancestral, alegoría de la virilidad y fertilidad, símbolo de Zeus o Poseidón en la mitológica griega, podría haberse transformado en el Jesús cristiano; ¿y por qué no?, Hera o Afrodita en María; y los ángeles, ¿no son acaso una reencarnación de Eros?; y es que, a través del tiempo, los dioses no han desaparecido, sólo se han transformado.

Salí de la Iglesia visiblemente emocionado; mi propósito se estaba esclareciendo, ver las cosas desde afuera, sin apegarme a ninguna creencia me había llevado a observar todo con mayor lucidez.
Caminé hasta la plaza Morosini, y ¡vaya sorpresa!, me encontré nuevamente con mi amigo Jimmy, pero esta vez, tenía a su lado un niño con un bouzouki en sus manos. Los saludé con una particular efusividad. “Oye, Jimmy, ¿el muchacho es tu hijo?”, le pregunté; él sonrió y respondió: “No. Es un amigo”. Me quedé un rato observando al niño, tenía una mirada con carácter y cuando me la sostenía, podía percibir como hacía brillar esas cuerdas, y extraer de ellas unas melodías hermosas. “¿Te gusta?”, me preguntó Jimmy, luego agregó, “los gitanos tocan muy bien, lo llevan en la sangre”. Realmente me impactaba como me miraba aquél muchacho, directo a los ojos, con el mentón alzado, desafiante, orgulloso de su raza. Cuando terminó, aplaudí y le di una moneda; me volví a Jimmy, ¿Y tú eres gitano?”, “No, yo no soy gitano, bueno, si lo soy, pero de otra manera, yo no hablo su dialecto ¿entiendes?”, yo asentí, y él prosiguió, “soy gitano porque viajo por el mundo y llevo mi música, soy gitano porque me hace sentir libre, sin apegos, sin banderas, sin fronteras, sin naciones, sólo mi música”.
En ese preciso momento, después que Jimmy dijo esto, cavilé acerca del propósito de mi viaje, en aquello que me trajo a Creta y no a otro lugar. Pensé en el fondo de mis entrañas: “Sin apegos ni fronteras…Carlos parece que lo encontraste”, seguí meditando, “sin banderas ni naciones…pues, entonces…tampoco religiones”. Lancé un resoplido y miré al cielo. Me sentí libre, más libre que nunca en mi vida. Di media vuelta y me fui al hostal a descansar.

Los escondites del Cronista Errante
¿Dónde ir?….
Museo Arqueológico de Iraklio
Xanthoudidou 2
Tel: 28102 79000; adulto: 4 euros
Los estudiantes de la Comunidad Europea ingresan gratis.

Este museo, el segundo en importancia después del Museo Nacional Arqueológico de Atenas, es de visita obligada. Guarda la colección más extensa de arte minoico; los frescos, cerámica y escultura lo harán viajar cinco mil años atrás, cuando esta civilización dominaba el comercio mediterráneo y contribuía con los primeros cimientos de la civilización occidental.

¿Dónde comer?…

Fyllo…Sofies
Plaza Morosini 33
Al lado de la fuente Morosini, en el corazón de Iraklio, es agradable dar un descanso, observar el tráfico de gente que llega al puerto cretense, y por supuesto, comer un delicioso bougatsa (pastel griego relleno de carne).

¿Dónde dormir?….

Hellas Rent Rooms
Handakos 24; s/d/tr sin baño €10.50/30/42

Este albergue no solo se ubica en pleno centro de la ciudad, sino que todas sus habitaciones poseen balcones, son cómodas y limpias. Lo mejor: la vista y el ambiente que tiene el bar de la terraza, en el último piso del hostal, donde puede beber un trago por la noche acompañado de buena música o tomar un delicioso desayuno antes de salir a caminar por la ciudad.


Publicado en la sección Viajes de www.eldebate21.com
Fotografía: Palacio Knossos-Creta, by Carlos Modonese

domingo, 3 de octubre de 2010

Olimpia, Grecia: “La magia de Olimpia”

Amanece en el Adriático; el cielo es un arcoíris infinito que une mar y tierra; las montañas azules, dominan el paso de esta máquina del tiempo: el ferry en el que la noche anterior había abandonado el taco de la bota Itálica. Ya han pasado diez horas desde que salí de la costa de Brindisi, y mi cabeza, pletórica de imágenes, aún no descansa; mis pupilas, quieren devorar este mar plateado, que fluye como la vida, que no opone resistencia al paso de una embarcación que avanza firme en el tiempo, encaprichado por unir con un hilo invisible el mundo conocido y el ignorado. Sin embargo, la alborada también ofrece una tregua a mi alma; la mente se esclarece, estoy abandonando la era romana, la de Augusto, y avanzo, imperiosamente, hacia un tiempo aún más remoto, el del mundo griego, el de Pericles. Avanzo hacia el pasado en este barco, un artilugio que cruza milenios desde el mar Adriático hasta el Jónico, parece desesperado por llegar y dibuja estelas blancas sobre estas aguas azules, límpidas de principio a fin; las montañas nos observan, y aquí estoy yo, parado sobre la proa, como un marino del presente que anhela encontrar su origen en lo clásico, buscando el germen de lo que hoy somos en lo inmutable, lo eterno.

Y llegamos a tierras griegas, a Patras, puerto griego del norte de la Península del Peloponeso; tomo un bus rumbo al sur, y después de unas horas –previa escala en Pyrgos-, arribo a Olimpia. Es sorprendente descubrir como un pueblito de escasas mil personas, puede albergar uno de los tesoros más grandes del mundo occidental: la tierra de los Juegos Olímpicos, iniciados en el 776 a.C. A pocos metros de la parada del bus se encuentra el sitio arqueológico; antes de ingresar, visito los dos museos que lo rodean; el museo arqueológico, que preserva las esculturas del santuario; y el museo de las Olimpiadas, inaugurado después de los Juegos Olímpicos de Atenas (2004). La contextualización fue fundamental, y al final del recorrido me doy cuenta que bien valió la pena recorrerlos; ahora, estoy listo para emprender el viaje al pasado mágico de los griegos.
Pero, ¿qué pasó acá?, me pregunto al ingresar, ¿acaso pusieron una bomba atómica? Y es cierto; lo que veo a mi derecha son los restos del Gimnasio, donde los antiguos griegos se entrenaban para participar en las carreras, el lanzamiento del disco o la jabalina. Desafortunadamente, de aquél gran edificio, sólo alcanzo a ver un conjunto de pilastras desbaratadas, tallos de concreto mutilados por la espada del tiempo. Una lástima.

Desalentado por el estado calamitoso del gimnasio, decido seguir adelante; luego de avanzar unos cuantos metros, elevo la mirada y descubro a la izquierda el Felipión. Me maravillo ante la perfección de su base circular, suspiro al percibir el coraje con el que se sostienen, todavía, tres de sus columnas jónicas: clásicas, invencibles, capaces de capturar la atención de cualquier ser vivo. Mientras las examino, siento como la brisa acaricia mis oídos, la naturaleza parece decirme algo, ¿estará murmurando un presagio?, ¿serán las voces de los dioses?, ¿Apolo me querrá decir algo, o bien su hermana Artemisa, o acaso Hera? No; locuras mías que se me ocurren en Olimpia. Continúo recorriendo esta tierra, sagrada para los antiguos griegos durante más de mil años, profanada por los romanos - en el siglo IV d.C.-, quienes, fieles a su nuevo credo (el cristianismo), no sólo prohibieron los juegos por su “oscuro” paganismo, sino que devastaron las estatuas y templos, los ritos y tradiciones de toda una era.

Lo que sí es cierto es que de la magia de Olimpia, nada queda. Sólo ruinas. Ruinas tristes es todo lo que veo. Pero a pesar del desolado panorama, no puedo dejar de visitar el templo más importante: el del omnipresente Zeus, dios de dioses, líder del Olimpo heleno. De no haber seguido la buena señalización del complejo, no habría podido dar con él. Cuando lo encuentro, me detengo de golpe, trago saliva al observar cientos de bloques de piedra desperdigados. ¿Y el templo? ¿Y la estatua de Zeus, dónde está? La figura del dios ya no existe, las columnatas dóricas se han reducido a su tercera parte y el colosal frontón es ahora un conjunto de piedras, incoherentes unas con otras.

¡Qué poco queda del templo de Zeus! Menos mal, el gran Fidias se encuentra varios metros bajo tierra, de lo contrario, se arrojaría desde lo alto del monte Parnaso al ver la condición de su obra maestra. Es el momento en que invoco a la imaginación para que vuele y reconstruya este templo milenario. Cierro los ojos. Sí, ahora puedo ver sus columnas dóricas erguidas, el mármol de los capiteles refulge nuevamente, cientos de personas rinden culto al indiscutible protector de las ciudades estado; ahí están los atletas que llegan a participar a los juegos, los ciudadanos ilustres, los magistrados, todos con sus atuendos inmaculados; vienen de Esparta y Corintio, de la Magna Grecia, también de las islas Cicladas. Ahora, subo por las escalinatas, despacio, con los pasos seguros, ingreso al templo y veo la monumental figura de doce metros de alto que Fidias hizo de Zeus: rígido en su trono, sosteniendo el cetro coronado por el águila; y posada en su mano derecha, Nike, la diosa alada de la Victoria, patrona de los ganadores de las competencias olímpicas. Me impresiono al ver el parecido que tiene Zeus con el dios o el Jesús cristianos. ¿Será que los romanos se inspiraron en la figura de Zeus para representarlos artísticamente? Bueno, no está lejos de ser verdad; los romanos adoraron, por muchos años, la cultura helena. Pensando esto, percibo que más adelante, durante mi recorrido, algo profundo está a punto de ocurrir.

Me alejo del templo de Zeus y sigo con el recorrido. Camino unos pasos y veo el túnel del tiempo, aquél que me conducirá al estadio olímpico. Cuando lo atravieso, mi imaginación vuelve a hacer de las suyas; me remonto veinticinco siglos atrás, y puedo ver, claramente, a los diecisiete mil espectadores exaltados, alentando frenéticamente a sus atletas. Corren con los cuerpos desnudos, puros, vivos, dando todo de sí en la pista de atletismo. Pero, ¿qué pasa ahora? ¿Están corriendo en cámara lenta, o qué? Pareciera que sí. Qué lejos estaban los antiguos velocistas de los recordmen de las olimpiadas de la actualidad; Moses, Lewis o Bolt podrían correr ebrios y vencerían fácilmente a cualquiera de estos muchachos helenos. Es evidente: hay dos mil quinientos años de diferencia.

Pero existe, además de los records, una brecha aún más grande entre los “juegos” antiguos y los modernos. Y es que, en la antigua Grecia, las Olimpiadas no se reducían a romper marcas en las distintas competencias, sino que llevaban impregnadas un elevado componente espiritual. La competencia, para los atletas antiguos, hacía parte de un rito de purificación del alma; su esfuerzo físico y mental se transformaba en una ofrenda, un tributo espiritual a Zeus, padre de todos los dioses y humanos. Podía existir cualquier tipo de diferencia entre las ciudades estado, sin embargo, los “juegos” no se interrumpían, era una “tregua sagrada” (así lo mencionó Andrés Holguín en sus magnificas “Notas Griegas”). Es claro, pues, que había un consenso a lo largo y ancho de toda Grecia en cuanto al carácter religioso de los Juegos Olímpicos; simple y llanamente porque el culto a Zeus estaba por encima de cualquier mezquindad fronteriza o ambición político-militar de las polis griegas. Otra enorme diferencia con las Olimpiadas de nuestro tiempo, era que en la antigüedad, existía, también, un espacio para las contiendas artísticas: poetas, dramaturgos y músicos mostraban en este recinto sus obras. De esta manera, el gran evento en torno a Zeus, se convertía en una ceremonia integral, en un ritual que elevaba el alma. Pero todo eso ha quedado atrás, enterrado en las fosas oscuras del olvido, porque el tiempo vuela, fluye, pasa, sepulta todo lo que pisa en su camino.

Ahora, me encuentro en medio de la pista atlética. Ya no están los fornidos atletas ni los espectadores bullangueros que mi imaginación había dibujado. Todo se anega de silencio. Los almendros y los pinos se agitan con el viento, y la brisa vuelve a golpear mi rostro, pero esta vez, con mucho más fuerza. Zeus, dios de milenios, ¿qué me quieres decir? De pronto, siento que una sombra me cubre casi por completo, elevo la mirada y veo ante mí algo increíble. Me quedó helado. Un águila me sobrepasa, planea mirando a ambos lados, desciende un poco, ¡ahora está a escasos metros! Agita vigorosamente sus alas color de roble, parece llevar algo entre las garras, ¿qué es? Santo Dios; el águila suelta una culebra viva que se bambolea en el aire. ¡Es Zeus! El ave lanza un graznido mirándome fijamente a los ojos, yo dejo de respirar y le sostengo la mirada. Ahora, vuelve a agitar sus poderosas alas y se eleva, vuela alto hasta convertirse en un punto café que motea el turquesa del cielo. Al cabo de unos segundos reacciono, camino unos pasos hacia adelante, pero la culebra ya ha desaparecido Conmovido por aquella vivencia, abro los brazos y le agradezco a Zeus haberse aparecido frente a mí en esta mañana soleada de agosto.

Salgo del recinto atlético, me siento entre restos de fustes acanalados, a la sombra de pinos y olivos, abro mi cuaderno y no paro de escribir. Decantados los sentimientos, levanto la vista. Tengo los ojos inundados de lágrimas. Encuentro sentido a lo que el gran dios me quiso trasmitir: Zeus me está dando las fuerzas que necesito para seguir mi camino, ¡Sigue adelante!, me dijo con esos ojos enérgicos. Lo puedo sentir así. No sé si estoy delirando, en este momento, eso es lo que menos me importa. Si la Virgen María se apareció en Lourdes, México y Tokio, por qué Zeus, dios de la primera gran civilización de Occidente, no se pudo aparecer aquí, frente a mí. En fin, no pretendo convencer a nadie, pero tengo la certeza que así fue y quedará grabado en mi alma de por vida.
Ahora, me retiro del sitio arqueológico con miles de imágenes atestando mi cabeza. Todo parece cobrar vida en Olimpia. De verdad lo creo. Porque en este santuario mágico, puede que las piedras estén desvencijadas, los fustes cortados, el mármol desportillado y las columnas desbaratadas. Todo, parece, haber sido arrasado por la erosión del tiempo; sin embargo, lo que no se ha llevado ni se llevará nunca es la presencia de los dioses. Ellos aún viven aquí, en Olimpia. Gracias Zeus, gracias por todo esto.

Los escondites del Cronista Errante

¿Dónde ir?….

Museo Arqueológico de Olimpia
Tel: 26240 22529; adulto: 6 euros (incl. visita al complejo arqueológico)
Los estudiantes de la Comunidad Europea ingresan gratis.

A doscientos metros del complejo arqueológico, este extraordinario museo permite contextualizar al visitante; por esto, recomiendo que lo recorra al inicio. El ensamblaje que se ha hecho de los frontones del Templo de Zeus es espectacular. No deje de admirar la estatua de mármol de Hermes de Praxíteles.

¿Dónde comer?…
O Thea
Tel: 26240 23264
Precio promedio (platos principales): 5-8 euros

Vale la pena hacer el esfuerzo y subir la colina hasta llegar a Floka, una villa a 1.5 kilómetros de Olimpia. Disfrute de la comida local y de la vista que ofrece la terraza de esta típica taberna familiar. Comience por una ensalada griega y por las sabrosas bolas de zucchini; y de segundo plato, un puerco marinado con huevos y tomate o un cordero al orégano ¡Exquisito!

¿Dónde dormir?….
Pensión Poseidon
Stefanopoulou 9; s-35/d-40/tr-45 euros
Tel: 26240 22567

Situado en el mismo centro de la ciudad, Giourgios y Giourgia, los amables dueños lo atenderán de maravilla. Ha sido recientemente renovado; las habitaciones son limpias, tienen TV y aire acondicionado.

Publicado en la Sección Viajes de www.eldebate21.com
Fotografía: Carlos Modonese

lunes, 23 de agosto de 2010

Werchter, Bélgica: "Festival de rock 2010"

Había llegado al aeropuerto de Charleroi, Bruselas; siete de la noche, vuelo retrasado dos horas y una temperatura que rebasaba los 37 grados, ¡qué calor! Y como es de suponer, en el vuelo de Ryanair no me dieron ni las gracias. Salí del avión y recogí el equipaje; afuera, una pareja de amigos belgas me aguardaban con botellas de agua. Subimos al auto -una Citroën Berlingo del año 2001-, y una hora después habíamos llegado a uno de los enormes parking de Werchter. Caminando con las carpas y los sacos de dormir bajo los brazos, se abría paso Werchter, un apacible pueblito belga ubicado al noreste de Bruselas. Apuntando al cielo azul, la torre de su pintoresca iglesia; y el silencio hasta ese momento, se arrastraba por sus calles empedradas, alejando señales de aglomeraciones de gente.

Sin embargo, la gente fue apareciendo, de a pocos; primero, en su presencia invisible en las miles de bicicletas que atestaban los parkings; y segundo, en las innumerables carpas, una al lado de la otra, cubriendo como una marea multicolor las inmediaciones del festival. ”¡Dios mío! ”– dije para mis adentros. Encontramos un claro en el inmenso verde del camping y plantamos la carpa.

Una vez dentro de la carpa, me disponía a sacar la ropa de la mochila, cuando escucho la voz de mi amigo belga: ”Vamos. Debemos buscar un buen lugar”. Salimos volando, tragos de cerveza; la música se escuchaba muy lejos aún, pero cuando ingresamos al enorme recinto, la voz gutural de Billy Joe Armstrong retumbó con claridad: I can not hear you well, fck*** Belgium. Green Day ya estaba en el escenario, mientras nosotros, como el agua, intentábamos filtrarnos por la derecha y llegar lo más cerca posible. Luego de una hora, entendí porque el festival había recibido - en los años 2003, 2005, 2006 y 2007- el premio Arthur, otorgado al mejor festival del mundo. Un escenario enorme, entrega total de la banda de Berkeley, ochenta mil personas y fuegos artificiales a tope, después de cerrar con aquél famoso coro: It's something unpredictable, but in the end it's right. I hope you had the time of your life. Y eso fue lo que pensé en aquél momento: uno de los mejores momentos de mi vida. Sin embargo, no sabía lo que se venía.

Green Day había cerrado el día a lo grande, pero la fiesta siguió a lado de las carpas. Bastaron unas notas de guitarra para que muchas personas se acercaran a la nuestra. Mi amigo belga comenzó a tocar sin parar, una canción tras otra. Nada de protocolos entre nosotros y los desconocidos, sólo las vibraciones que puede hacer surgir la música; un puñado de cervezas; voces altas, algunas buenas, otras malas, pero todas cantándole a la noche. Y al día siguiente: el amanecer, inesperado. Nos sorprendió con la mirada puesta en unos baños portátiles que atraían a miles de personas. Todos querían ducharse al mismo tiempo. Las filas eran eternas y aburridas; y la temperatura fue un factor más para resistirme al aseo matutino. Tenía cerveza en el brazo, sí; cenizas de puchos en los tobillos, sí; el cuerpo perlado de sudor, sí; pero un día sin ducharse no mata a nadie.

Aparte de la billetera, lo único que revisaba en los bolsillos era el programa, subrayando los nombres de las bandas que físicamente podía ver durante el día. Lo que siguió: un día más de opulencia musical. Florence + The Machine, enérgica revelación femenina, voz de trueno y un dominio absoluto del escenario. Absynthe Minded; la agrupación belga demostró como el jazz puede convivir con el rock perfectamente. El toque pop lo puso Pink, quien no desentonó en un festival de hard rock; realizó un espectacular montaje que se inicio al sol y terminó con un espectáculo aéreo – a lo cirque du soleil - bajo la luna.

Y había llegado el último día: domingo 4 de julio. El reloj marcaba las 14:00; y la verdad estaba algo cansado. No me había bañado en tres días, el calor era insoportable dentro de la carpa y sólo tenía tres hamburguesas en el estómago en las últimas setenta y dos horas. Mientras pensaba en ello, mis amigos belgas aparecieron. Nos dirigimos al parking, a media hora del camping. Fue ahí que nos encontramos con otros amigos que tenían el carro abierto, música y mucha cerveza (para variar). Una hora más tarde, me entró un hambre voraz. Uno de ellos sacó del cooler de las cervezas una bolsa grande con presas de pollo. Pensé que lo iban a calentar en una parrilla, pero no; uno a uno iba tomando pechugas, alas y entrepiernas. Cuando la bolsa llegó a mí, tomé una de las últimas pechugas: estaba congelada. Levanté la mirada y vi como todos comían con avidez. Tenía mucha hambre; así que, miré el pollo, lancé un resoplido y me lancé a arrancarle la carne, cartílago a cartílago, hueso a hueso. Lo devoré, me supo a gloria y sentí un caníbal dentro de mí.

A las cinco de la tarde, como una peregrinación, todos se dirigían al escenario principal. Había llegado el turno para Them Crooked Vultures, un trío de lujo formado por Dave Grohl (Nirvana, Foo Fighters) en la batería, Josh Homme (Kyuss, Queens Of The Stone Age) guitarra y voz, y el legendario John Paul Jones (Led Zeppelin) en el bajo; quien como buen músico de estudio estimuló la improvisación en todo momento. A pesar de los años, ¡cómo sigue tocando el bajo, ese monstruo! Luego nos alejamos del escenario para descansar antes del impacto final.

Cuando el reloj marcaba las 23:00, había llegado el momento: Pearl Jam apareció en el escenario. Mi corazón se aceleró cuando observé a Eddie Vedder saludando al público; bebió un buen par de sorbos de vino y arrancó con la incendiaria guitarra de Do the evolution. Salté como una liebre. Luego, la conmovedora Elderly woman behind the counter in a small town; las infaltables Alive e Even Flow. Las luces bajaron cuando recitó Just Breath del último album; Did I say that I want you, did I say that I need you. No obstante, la energía de la banda los llevó a seguir tocando temas del primer álbum (Ten - 1991): Porch y Why go. Despedida con abrazos; el público salió satisfecho. Y yo, más sucio que nunca, ya no tenía hambre, tampoco sed. Eso sí, me sentía vivo. Créanme, sentirse salvaje por unos días es lo más puro que nos puede ocurrir. Como esa pareja belga, que cerca de los cincuenta años sigue plantando su carpa como cualquier adolescente en un festival de cuatro días. Wrechter no es acorde a su edad, les dicen algunos de sus amigos contemporáneos, bullsh***, responden ellos, la edad es mental. Y sí, mientras uno respire hay que vivir la vida como uno quiere vivirla, y no como otros dicen que debemos hacerlo. El próximo año vuelvo a Werchter (si Dios y el universo, así lo permiten). Nos vemos en unos días.

Los escondites del Cronista Errante

¿Dónde dormir?….

Camping Werchter

Existen alrededor de veinte lugares donde acampar en Werchter. Están divididos en tres zonas. El costo por persona es de 18 euros por los cuatro días de festival. Dentro del camping encontrará los servicios (ducha y baños) y lugares donde comer. A pesar de que los precios están bien, recomiendo comer afuera, no sólo por la variedad, sino porque en los campings la gente suele beber en las cafeterías. Al no fumador, el drástico olor a cigarrillo lo puede incomodar.

¿Dónde comer?…

Dentro del recinto hay mucha variedad, pero también los precios se duplican. Por esto, recomiendo que compre la comida fuera del perímetro del concierto, en donde la oferta también es buena: tacos, ensaladas, thai, pizzas, etc. La mejor opción -para mí gusto- fue la hamburguesa belga: generosa carne y muchos vegetales; y a solo 2.50 euros. Guarde su dinerito para comprar cerveza dentro. El calor y la música se lo pedirán en su momento.

Fotografía: Carlos Modonese
Publicado en la Sección Viajes de www.eldebate21.com

miércoles, 21 de julio de 2010

Madrid, España: "Amanecer en Madrid"


No sé si atribuírselo al calor del verano o al ánimo febril de los madrileños debido a la clasificación de la selección española a la fase final del mundial de Sudáfrica 2010. El vuelo a Bruselas sale a las tres de la tarde; y sin embargo, siendo aún las cinco de la madrugada, me es imposible conciliar el sueño. Hace calor en Madrid, es cierto; pero más allá del latigazo estacional o el vértigo mundialista, creo que el responsable de mi sonambulismo es el viaje que inicio hoy: viernes 2 de Julio de 2010. Tal vez, el más extenso que haya hecho en mi vida.

Hoy, en este amanecer de cielo incendiado, percibo como los latidos del planeta hacen vibrar el concreto negro de Madrid. Lo puedo jurar. Palpita en mis oídos y en cada célula de mi cuerpo; pero sobretodo, en el corazón que tengo en cada uno de los dedos que escriben estas líneas. Con el alba frente a mí, un puñado de preguntas golpean mi mente antes del viaje: ¿será que es mucho tiempo?; ¿qué inconvenientes aparecerán en el camino?; ¿el seguro médico me cubrirá en todos lados? Es evidente, pues, que con este viaje aparezcan los miedos: inevitables compañeros de la vida. De cualquier manera, considero que es el momento de afrontarlos, mirarlos, desnudarlos, pero de igual modo agradecerles. Porque a ellos, también les debo este prolongado periplo. Si no hay miedo, no hay riesgo. Si no hay riesgo, no hay vida.


Lo que sí es cierto, es que voy en búsqueda de algo mucho más profundo que una dilatada aventura. Algo muy ligado al sentir de un mundo que cada día palpita más fuerte dentro de mí. Un mundo con un sentido más amplio que trabajar varias horas al día, comprar carne el día del descuento, quejarme del tráfico y los gobernantes. Y no es que esté en contra del sistema. Por favor, tarde o temprano, de cualquier manera, estamos dentro de él: en la discusión de un proceso electoral o el precio de la gasolina, ya sea en el cine o en el supermercado. Somos parte de él, y no debemos temerle. Tampoco busco desafiarlo ni preguntarme sobre sus orígenes: para eso tengo toda la vida.


Lo que quiero hoy es seguir disfrutando de este amanecer apocalíptico que me colma de inquietudes. Anhelo llegar al aeropuerto de Barajas, sobrevolar Madrid y llegar a Bruselas, donde me recogerán unos amigos belgas, que me llevaran a los campos Wrechter. Es ahí donde se dará – como todos los años -, uno de festivales de rock más reputados: Wrechter 2010. Aunque no soy un gran amigo del camping, me muero por vivir la experiencia de un Woodstock europeo, beber una cerveza Jupiler y cantar durante los cuatro días de festival. Pero sobretodo, deseo sentir como palpitará este planeta. Este que a veces se esconde de mí, pero que siempre va conmigo en la maleta.


Espero que mis lectores, sepan disculparme. Esta vez, por no hablar de Madrid. Su infalible vida nocturna, la actividad cultural y su gente maravillosa merecen un capítulo aparte, que hoy no abordaré. Por eso, no ofrezco lugares de visita ni consejos de hospedaje. Lo que si les puedo obsequiar, junto a esta alborada incomparable, es una esperanza: una invitación a iniciar conmigo este viaje mágico.
Publicado en la Sección Viajes de www.eldebate21.com
Fotografía: Blog Reflejos